Ecuador: Manuela Saenz

 

30Manuela decía que Bolívar no era un hombre del siglo XIX. Ella tampoco perteneció a ese siglo. En la Mañana de su vida, conoció desde muy niña el desprecio de su familia materna y de la pacata e hipócrita sociedad quiteña pues fue el fruto de la pasión prohibida que envolvió a Simón Sáenz Vergara, su padre, hombre casado, y a Joaquina de Aispuru, su madre, soltera. Será la Bastarda, jamás Manuela. 
Sus grandes amigos son su hermano José María, con quien un día caminará embanderados ambos en la misma lucha, en los mismos sueños, y sus compañeros de juegos: los hijos de los esclavos y los peones que trabajan en la hacienda materna y quienes le han enseñado a amar a los humildes y desposeídos, a las plantas, a toda la naturaleza, a montar a caballo a horcajadas y a fumar a escondidas. De ellos, sus preferidas son Jonathás y Nathán, ambas esclavas, negras, las que permanecerán a su lado hasta el final de sus días. 
Crece oyendo hablar de libertad, igualdad y fraternidad y de la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, pues su madre ha abrazado la causa patriota y conspira activamente a favor de ella. A los doce años, mientras presencia el suplicio de los miembros de la Primera Junta de Gobierno de Quito, se promete a sí misma dedicar su vida a la causa de la independencia y fiel a su juramento, participa a los quince años, junto a su madre y el pueblo quiteño, en la defensa de la ciudad asediada por el ejército realista. 
Es una mujer de una gran cultura. Habla, lee y escribe en inglés y francés. Lee a los autores griegos y romanos en su propia lengua. Conoce las obras de los filósofos y pensadores de su época. Une a ello, una gran belleza y extraordinaria sensualidad, nervios de acero, manejo de pistolas y espadas. Su lema: “yo no vivo de los prejuicios de la sociedad.” Le gusta vestir de hombre y usa la varonil agua de verbena. No conoce términos medios ni grises. “Amo u odio” “Amiga de mis amigos, enemiga de mis enemigos” repite siempre. Camina siempre al borde del abismo. 
A los veinte años se casa con un comerciante inglés, James Thorne. No lo ama. Jamás lo amará. Vio en su matrimonio la posibilidad de alejarse de Quito, de dejar atrás la maledicencia y las burlas. Su matrimonio fracasa irremediablemente. En un intento desesperado por salvarlo, su esposo le propone mudarse a Lima. Manuela acepta encantada. 
Brilla en los salones de la Perricholi. Jonathás y Nathán le informan de los sentimientos del pueblo. Conspira activamente con los patriotas limeños y espía para ellos. De noche, vestida con sayo y manto, a veces de hombre, pega proclamas revolucionarias en las paredes de las casas, desafiando a la autoridad del virrey y burlando a los guardias enviados para prenderla. Se hizo leyenda. Nadie supo que era ella. 
Desembarcado el Ejército Libertador del Sur al mando de San Martín en Perú, Manuela trabaja para él. Sus hermanos eran oficiales del Batallón Numancia, ala de élite del ejército español. Los oficios de Manuela dan resultado. El Batallón, con sus 996 hombres, se pasa a las filas patriotas. Más tarde, se convierte en amiga, confidente, colaboradora y espía de San Martín, quien, por los servicios prestados a la causa patriota, la condecora con la “Orden de Caballeresa del Sol” y le encarga ultimar los preparativos para la reunión que mantendrá con Bolívar en Guayaquil. 
En el Mediodía de su vida, conocerá a Bolívar. Manuela llega a Quito en vísperas de la batalla de Pichincha. Colabora activamente con el ejército patriota. Se hace amiga de los oficiales de Bolívar. Por ser mujer, le es denegado su pedido de participar en el combate pero se le asigna la misión de cuidar a los heridos. 
El 16 de junio de 1822, Manuela y Bolívar se encuentran por primera vez y partir de esa noche sus vidas y destinos se encadenan para siempre. Amor de encuentros y desencuentros, de peleas y reconciliaciones, de huidas y fugas, de loca pasión y grandes tormentas. Manuela confunde en su amor a Bolívar, su amor a la causa de la independencia y la libertad. 
Juntos levantarán ejércitos y pueblos. Seguirá a Bolívar en su campaña libertadora. Por el coraje demostrado en combate, ascenderá a capitán en Junín y a coronel en Ayacucho, por pedido expreso de los oficiales del Libertador y de la tropa, que aunque a veces la ha maldecido, la respeta y la ama. En Bolivia conocerá a Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, y nacerá entre ambos una profunda y entrañable amistad. 
Verá el fracaso del Congreso de Panamá y el comienzo del fin del sueño de unidad. Y alejado Bolívar del Perú, será apresada y desterrada por los enemigos de su hombre. 
En la Tarde de su vida, se reencontrará con Bolívar en Bogotá. Lo encuentra enfermo, cansado, avejentado. Sólo sus ojos negros permanecen encendidos como siempre. El es Presidente de Colombia y Santander Vicepresidente. Pero la amistad entre ambos se ha roto para siempre. Manuela le da paz y alegría. Lo tranquiliza, lo calma, lo anima. Escucha sus confidencias. Es la compañera fiel. La amiga sincera y leal. 
Manuela y Bolívar asisten al triunfo del regionalismo y el provincialismo y a la disolución de la Convención de Ocaña. Ella sigue luchando por los ideales de ambos. El odio hacia Manuela se intensifica. Pero también el de ella hacia los enemigos de su hombre. Lanza en manos desbarata castillos de fuego artificiales con caricaturas de Bolívar y suyas, y, en ausencia del General, fusila en forma simbólica, a Santander por traidor. Salva dos veces la vida de Bolívar y muestra su ternura, porque era una mujer muy tierna, suplicando el perdón para los conjurados, ocultando en su casa a muchos de ellos y no dando testimonio durante el juicio. 
La Gran Colombia se ha roto. Pronto Ecuador y Perú se enfrentarán por Guayaquil. Cansado, muy cansado, enfermo, muy enfermo, Bolívar renuncia al mando supremo. Decide marcharse de Bogotá. Manuela se niega a acompañarlo. Siente que debe cuidarle las espaldas. ¡Demasiadas víboras han salido de sus nidos! Promete alcanzarlo pronto. Manuela lucha ferozmente contra sus enemigos. Sólo recados verbales unen a los amantes o cartas que les alcanzan amigos. Ya no volverán a verse. El 17 de diciembre de 1830, la vida del Libertador se apaga. Manuela está sola para siempre. 
En la Noche de su vida, conocerá el destierro y elegirá para vivir sus últimos años, a Paita, un pequeño pueblito pesquero del norte peruano, cercano a la frontera con Ecuador. Allí todos la aman, respetan y veneran. Manuela está siempre junto a los que la necesitan: los enfermos, las prostitutas, los niños, los jóvenes en tiempos de leva, los marineros de los barcos balleneros sublevados contra sus crueles capitanes (uno de ellos, Herman Melville, futuro autor de “Moby Dick”, de escasos veintiún años en 1841, la recordará años después en el ocaso de su vida). Recoge animales heridos y abandonados a los que bautiza con el nombre de los que ella cree no fueron fieles a Bolívar. Su compasión y ternura resaltan como nunca. Su Diario refleja su angustia, su desaliento, pero también su inmenso amor por Bolívar y su orgullo por ello. Mientras tanto continúa librando la batalla por la reivindicación de Bolívar. Y triunfa. 
Allí, en Paita, recibe el homenaje de quienes llegan para verla: Carlos Holguín, García Moreno, Ricardo Palma, José Joaquín Olmedo, el general Antonio de la Guerra, Andrés Melgar, Giuseppe Garibaldi, entre tantos otros que la historia no registra. Muchos llegan por curiosidad. Manuela no habla del Libertador con ellos. “La Historia no se la cuenta ¡se la hace!” Y allí en Paita se reencontrará con Simón Rodríguez y la encontrará la muerte, disfrazada de difteria, un 23 de noviembre de 1856, a las seis de la tarde. 
Sus restos son arrojados a una fosa común. Su casa y cosas quemadas. Pero el general Antonio de la Guerra logra salvar el baúl donde Manuela guardaba sus tesoros más preciados: las cartas, sus Diarios, su traje de coronel, su espada, pistolas y la orden de Caballeresa de Sol. A la muerte del general, los documentos son entregados al gobierno colombiano quien decide que las cartas íntimas, Diarios y documentos de Manuela y Bolívar, permanezcan ocultos. 
Durante la guerra chileno-peruana, un incendio destruye la partida de defunción de Manuela. Se pierde todo indicio de la fosa común donde fue enterrada. Caen el silencio y el olvido sobre ella. Manuela desaparece. La historia oficial, escrita por los vencedores, la oculta, la niega, la ignora. 
Pero Manuela, aun muerta, da batalla. Se encuentra en el cementerio de Paita una placa con la leyenda grabada: “Aquí yacen los restos de Manuela Sáenz”. Se excava el lugar y aparece la fosa común. Sólo resta un paso: identificar los despojos mortales de Manuela y llevarlos junto a los del Libertador Simón Bolívar para que aquel pedido “ven para estar juntos, ven” y aquella promesa “te alcanzaré pronto mi amor” se cumplan y la justicia brille al fin. 
Pin It

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>