Ecuador: Eloy Alfaro

 

27El Ecuador gemía entonces bajo el látigo del régimen conservador heredado de la Colonia, perfeccionado y agravado por Gabriel García Moreno, el Santo del Patíbulo. Si tú no eras católico, apostólico y romano, como lo condicionaba la Constitución de la República, no eras ciudadano y carecías, por tanto, de todo derecho. Si pensabas, los guardianes del sistema pesquisaban tus pensamientos; si hablabas en contra del sistema establecido, te caían a garrote limpio o te condenaban al confinio en la selva amazónica. O te fusilaban en la plaza pública, con los escolares obligados a presenciar tu ejecución. Juan Montalvo describió esa época de horror al decir que los ecuatorianos habían sido divididos en tres porciones: una destinada al encierro, otra al destierro y la última al entierro.
Las consecuencias más duras del régimen conservador las padecían los indios de la Sierra y los montubios esclavizados en los latifundios de la Costa por el sistema del concertaje. Los indios eran masacrados en cada acto de protesta que osaban realizar contra el sistema del huasipungo, en defensa de sus tierras comunales arrebatadas por los terratenientes, o de rechazo al trabajo obligatorio en las vías públicas, que era la prolongación de las mitas coloniales. 
Por aquella época habría de nacer el mejor ecuatoriano de todos los tiempos: el General Eloy Alfaro. El histórico suceso ocurrió un día como hoy, el 25 de Junio de 1842, en la pequeña población manabita de Montecristi. Fruto del hogar formado por un guerrillero republicano español Manuel Alfaro y la abnegada ecuatoriana Natividad Delgado, tanto Eloy como sus hermanos se incorporaron temprano a la lucha por la regeneración del país y la implantación de la democracia. Juntos recorrieron el país en cien combates, juntos anduvieron por los caminos de América proclamando el ideal libertario, juntos fueron perseguidos o asesinados. 
La primera acción del joven Eloy se produjo en 1864, cuando contaba 22 años. Previamente había organizado una guerrilla de 28 hombres, la mayoría campesinos, que fue la primera montonera alfarista de la historia. Por la fuerza de las armas apresó al gobernador de Manabí, representante de la tiranía, pero fue finalmente sometido y encarcelado. Era también la primera de cien derrotas, pero los muros del despotismo se cuartearon y desde los campos humillados y ofendidos fue surgiendo ese grito de guerra «VIVA ALFARO, CARAJO!», que no se apagó nunca en siglo y medio de historia nacional, y que no se apagará jamás mientras el pueblo ecuatoriano no sea dueño real de su patria y su destino. 
Esto es tan real que en estos días, en el concurso televisivo de cuál es el mejor ecuatoriano, brilla en primer lugar el nombre de Eloy Alfaro, lo que debe llamar a reflexión profunda a todos, pues el hecho resulta más significativo en los tiempos actuales, cuando la educación en general, y el estudio de la historia nacional particularmente, andan por los suelos, y cuando los que votan por el mejor no son los indios ni los montubios, sino televidentes de las ciudades. Es entre aquellos que el grito de guerra permanece guardado para siempre. 
¿Por qué razón retorna Alfaro a la memoria colectiva? ¿Es que los ideales de la Revolución Liberal que él preconizó y condujo no perecieron con sus huesos y su carne en la hoguera bárbara de El Ejido? ¿Tiene algún sentido revivir al histórico Caudillo cuando el pueblo está cansado de caudillos y caciques? ¿Cómo explicar que Alfaro tenga algún significado en tiempos de modernidad y modernizaciones, de las que tanto se habla, si su obra mayor fue un ferrocarril que ya no existe? 
Alfaro vuelve hoy a la memoria colectiva porque el pueblo ecuatoriano, en su conjunto, repudia a los políticos actuales que asaltan el poder por malas artes, gracias al poder económico y al dominio de los tribunales, mientras él supo luchar de frente por sus ideales, entregando su tiempo, la paz de su hogar, toda su fortuna y finalmente su vida. 
Alfaro vuelve porque las mujeres y los hombres del Ecuador actual estamos hartos de los políticos y gobernantes que se enriquecen gracias al Fisco, al negocio de la deuda externa y al compadrazgo con las empresas extranjeras que saquean nuestro petróleo, la generación de energía y hasta el agua potable, que en Guayaquil, por ejemplo, ahoga a los pobladores en planillas abusivas y heces fecales. 
Alfaro vuelve porque la gente digna de este país repudia la demagogia barata de quienes juran morir en el intento y huyen antes del primer disparo, mientras Alfaro supo morir con valor y dignidad en el intento por construir una Patria independiente, soberana y libre. Hoy cuando su propia tierra, Manabí, es hollada por la bota norteamericana gracias al entreguismo de gobiernos traidores y la vileza de una corte parlamentaria de enanos mentales, el Viejo Luchador retorna para recordarnos su mensaje dirigido a la Asamblea Nacional en agosto de 1901, cuando los Estados Unidos pretendían -como también ahora- apoderase del Archipiélago de Galápagos: 
Refiriéndose a la propuesta norteamericana de que el Ecuador le arrendase las islas al gobierno de Estados Unidos por 99 años, a cambio de quince millones de dólares, el Presidente Alfaro sentenció: 
«Buscar una solución en el desmembramiento de nuestro territorio sería un crimen atroz; NI UNA PULGADA DEL SUELO DE LA PATRIA PUEDE CEDERSE A NADIE SIN HACERSE REO DE PARRICIDIO. 
NADA DE VENDER EL TERRITORIO, NADA DE MERMAR LA SAGRADA HERENCIA QUE NOS LEGARON LOS LIBERTADORES. 
EL SUELO DE LA REPÚBLICA NO PERTENECE A NINGUNO SINO A ELLA MISMA, Y LA REPÚBLICA NO PUEDE DESPOJARSE DE SUS DERECHOS SIN ABDICAR SU SOBERANÍA Y ENVILECERSE. 
DESGRACIADO DE QUIEN LA ESCARNEZCA DE ESA MANERA: SU NOMBRE PASARÁ A LA POSTERIDAD CON MARCA DE ETERNA INFAMIA.» 
Está claro, pues por qué hoy retorna la figura del Viejo Luchador, y por qué vuelve a brotar del pecho de la nación esquilmada y traicionada, aquel grito de guerra:

 

¡VIVA ALFARO, CARAJO!
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