“BOLSONARO NO ES MUSSOLINI, ES PEOR”

Tarso Genro, ministro de Educación de Lula, y la victoria de la ultra en Brasil

Tarso Genro, ministro de Educación de Lula, y la victoria de la ultra en Brasil


El futuro de Brasil y de América latina a partir del avance de la derecha neoliberal. La victoria de los medios en identificar exclusivamente la corrupción con la izquierda.
Por Gustavo Veiga

Página 12 En Brasil

Desde el ala izquierda del PT, Tarso Genro siempre fue autocrítico con temas como la corrupción y la alianza política con el PMDB del desprestigiado presidente Michel Temer. A los 71 años, el ex ministro de Educación de Lula trabaja en el Instituto Nuevos Paradigmas con el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos y el ex juez español Baltasar Garzón, entre otros. La victoria del ultraderechista Jair Bolsonaro y sus consecuencias fueron el tema casi excluyente de un diálogo que se prolongó por casi una hora en el living de su departamento.

–¿Qué intereses representa Bolsonaro?

–En las sociedades de clases tradicionales, uno mira al fascismo como una estructura política que va hacia el lumpen, la desesperación de las masas, capta la revuelta y hace de ella un proyecto político. En una sociedad fragmentada como la actual, la organización de este ideario fascista se da de formas nuevas. Con la articulación del sexismo, la misoginia, del odio al diferente, a los homosexuales, hay un imaginario donde el enemigo no son sólo los comunistas. Estas diversidades amenazan la visión idealizada de la familia burguesa. Por eso digo que Bolsonaro no es Mussolini, es peor. Porque condensa esta fragmentación sin intermediarios y proporciona un espíritu de control sobre las clases medias tradicionales, que fueron captadas para ese ideario. La violencia en la calle no es una violencia policial, es de las clases privilegiadas y medias contra los diferentes.

–Bolsonaro va contra las mujeres, los negros, los originarios, los sin tierra, los homosexuales y, por supuesto, los militantes del PT.

–Él dio un discurso que fue proyectado en la avenida Paulista donde decía: “Voy a llegar al gobierno y a los rojos los voy a meter presos o los voy a expulsar del país”. En esa simbología habla de todos los que caben en “el otro”, o sea, las minorías.

–¿Cómo se explica que lo hayan votado los que serán afectados por sus políticas?

–La unidad que hoy consiguió, Bolsonaro la está resonviendo en las clases de ingresos muy bajos con el uso de la inseguridad. Dijo: “Yo voy a matarlos. No tendremos policías. Vamos a matarlos”. ¿Esto lleva confort a quiénes? A los más afectados por la violencia criminal en las grandes ciudades, que son los pobres. Y que no tienen quién los proteja, ni mediadores en su relación con el Estado. Sin esta mediación estatal entra el justiciero, el líder, y ese líder quiere resolver las cuestiones concretas de la vida, rápidamente.

–¿Pese a las barbaridades que dijo en la campaña electoral?

–Este es el imaginario que ha constituido. Si hubiéramos tenido diez días de campaña más, no ganaba. Hay un gran sentimiento de la cultura cívica, nacional, popular, en Brasil, que se movilizó muy fuerte contra Bolsonaro. Pero los medios oligopólicos naturalizaron que Bolsonaro fue un candidato legítimo, con las mismas credenciales de Haddad para ser presidente. Y esto es una manipulación perversa, hipnótica, del fascismo social.

–¿Cuál cree que es el proyecto político de Bolsonaro?

–No es el Estado que organiza íntegramente a la sociedad. Bolsonaro carece de un proyecto de poder, y en todo caso el suyo consiste en el encuentro de este fascismo social basado en una fragmentación social.

–¿Fue decisivo el rol del partido militar?

–No creo que haya sido un proyecto de las fuerzas armadas. Son residuos originarios de un golpismo histórico, pero no creo que reconozcan a Bolsonaro como su representante.

–¿Puede ser un instrumento?

–Puede serlo de esos sectores, pero no de la institución. Hoy la representación más orgánica del espíritu de las fuerzas armada, es el general Sergio Etchegoyen, un intelectual de la vieja Sorbona militar brasileña, que diseña a partir del Estado una visión de la sociedad con marcos autoritarios pero no fascista.

–¿La embajada de EE.UU. tuvo un papel importante?

–Yo creo que no, aunque es posible identificar su influencia en los movimientos de julio. El proyecto petista fue sobrestimado por los americanos. Porque el del PT no es un proyecto de izquierda, es democrático progresista, con una integración de izquierda. No creo que Bolsonaro sea el tipo ideal para ellos. Hubieran preferido a Fernando Henrique o Geraldo Alckmin, que pudieran conversar de la política, que tuvieran algo más de legitimidad.

–¿Cuánto influyó el pacto con las iglesias evangélicas?

–Esas son iglesias de la plata, que transfieren para sí los recursos de sus creyentes. Tienen un papel político relevante acá porque son parte de los partidos tradicionales, un factor de gobernabilidad comprada. Esto es producto de un presidencialismo de coalición. Hacen esta transferencia de votos, como la hicieron desde el PT a Bolsonaro, en función de sus intereses concretos.

–¿De quién fue el éxito por haber vinculado exclusivamente al PT con la corrupción y el Lava Jato?

–No fue responsabilidad de Bolsonaro. Se trató de una oportunidad política extraordinaria que tuvieron la derecha, el oligopolio de los medios y la magistratura derechista en Brasil de sacarse de encima al PT y darle prácticamente la exclusividad del Lava Jato. Fue para desgastarlo, pero el PT tuvo una responsabilidad extraordinaria para que esto ocurriera. Igual, está en el cuarto lugar del ranking de grandes políticos procesados por corrupción en Brasil.

–¿Bolsonaro reactiva la dicotomía democracia o dictadura de 1985?

–Yo creo que son nuevas formas de dominación de la parte estatal, de la creación de un Estado autoritario de nuevo tipo y que no se sabe excatamente hacia dónde va.

–¿Puede haber efecto dominó en la región?

–Estuve hace quince días en Uruguay e hicimos debates y conversaciones con los compañeros de la dirección del Frente Amplio. Les dije que esto iba para allá. En Uruguay están muy preocupados. Y hacen bien, porque comenzaron las denuncias de corrupción contra el Frente Amplio, y en particular contra una persona que tiene historia en la izquierda, que puede haber cometido errores, que es el hijo de Raúl Sendic, el vicepresidente que tuvo que renunciar.

–¿La Argentina puede “contagiarse” de Brasil, como pasó con las dictaduras?

–Sí, claro, aplica. Son formas nuevas de dominación integral colonial. Este es un neofascismo emergente aliado con el neoliberalismo. Es la experiencia que se está haciendo ahora en Brasil y será negativa para toda América latina, porque es una visión atrasada y reaccionaria.

–¿Cuándo fue la última vez que estuvo con Lula?

–En este período yo tuve relaciones indirectas con Lula a través de sus hijos, de compañeros que lo visitan, pero no mantuve contacto directos con él desde que está detenido. Las visitas que podría haber hecho no se realizaron por voluntades ajenas a mí y al ex presidente. Lula condujo todo este proceso desde la cárcel con personas que lo representaron en cada tema. Es decir, mi contacto más permanente ha sido con Fernando Haddad, con quien tengo una relación más personal, Lula tiene una visión muy clara de lo que ocurre y le preocupa menos su libertad que reinstaurar la vía democrática.

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